Librería Tintas UNA HISTORIA DE LA PELOTA. DEL SIGLO XVI A LA REVOLUCIÓN DE CHIQUITO DE EIBAR

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UNA HISTORIA DE LA PELOTA
Título:
UNA HISTORIA DE LA PELOTA. DEL SIGLO XVI A LA REVOLUCIÓN DE CHIQUITO DE EIBAR
Subtítulo:
Autor:
AZPIAZU ELORZA, JOSE ANTONIO
Editorial:
TXERTOA, EDITORIAL
Año de edición:
2019
ISBN:
978-84-7148-638-7
Páginas:
260
Encuadernación:
RÚSTICA
Disponibilidad:
Disponibilidad inmediata
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Sinopsis

¿La pelota, en principio un mero pasatiempo, pudo merecer hace doscientos, trescientos e incluso quinientos años la atención de estamentos oficiales hasta el punto de haber dejado una huella significativa en los archivos? Rotundamente, sí. José Antonio Azpiazu ha buceado en actas notariales, pleitos y resoluciones municipales para rescatar noticias relacionadas con la pelota desde el siglo XVI hasta la internacionalización que, a finales del siglo XIX, propició la revolución personificada por Chiquito de Eibar. Así, veremos a pelotaris aristócratas enfrentarse en 1571 a las monjas y a la justicia de Valladolid por impedirles disputar un partido, conoceremos que en 1613 en Gasteiz se fabricaban pelotas de viento, sabremos de curas tan aficionados que llegaron a ser amenazados de excomunión o asistiremos a un grave conflicto en Lantizego en 1813 a raíz de que un vecino se negaba a devolver las pelotas que se colaban en su casa desde el frontón. Y, cómo no, también descubriremos que las apuestas siempre han acompañado a este juego. Lo haremos a través del intento del corregidor de limitarlas en Markina ya en 1511, la reclamación que los de Arantza, armados con escopetas, hicieron a los de Gartzain en 1680 para que les pagasen lo debido o un famoso partido en Oiartzun de 1775 fuertemente custodiado por alabarderos y arcabuceros con el fin de que no se jugasen cantidades superiores a lo reglamentado. Son noticias que, en conjunto, nos proporcionan una perspectiva novedosa, con frecuencia insólita, sobre este juego, tan vinculado a la idiosincrasia vasca que, como señaló un viajero perspicaz, en los pueblos de Euskal Herria se reservaba mejor sitio al frontón que a la iglesia.